Self portrait 2009/2014

Según Françoise Barthélemy “autoportrait” pasa a ser en occidente un subgénero en el siglo XIV. El término autorretrato y el sustantivo derivado auto-representación, son consecuencias de la importancia del retrato en la historia del arte. La apariencia humana ha sido siempre objeto de estudio en el arte. En un retrato, el rostro es instancia única y singular a la que el artista intenta dar vida en cualquier técnica plástica. El retrato como género artístico por esencia tiene una significación múltiple, ya que tanto su propia noción, como su función, ha evolucionado según los tiempos, estilos y civilizaciones. El retrato se convierte en autorretrato, cuando el creador decide ser su propio objeto de estudio.  Así Roger Garaudy, afirma: “Es el ejercicio por medio del cual el creador se representa con una exigencia máxima de verosimilitud ya que introduce sus sentimientos más íntimos”. Sin embargo, esta es una visión muy contemporánea del autorretrato que puede cuestionarse.

Es a finales del Renacimiento, que adquiere un vigor particular al surgir nuevas preocupaciones humanistas, siendo la primera vez que se le asocia con la imagen reflexiva de manifestar la conciencia de una singularidad. En este nuevo contexto de renovaciones y rupturas, el humanismo establece una nueva fascinación por el ser, centro de las preocupaciones filosóficas. Progresivamente el artista se incluye en las creaciones de modo discreto para que su trabajo vil y mecánico de creador se oriente hacia un ejercicio visionario. Surge así la aparición de un nuevo tipo de autorretrato llamado “in assistenza” con los pintores italianos Vasari y Giotto.

La auto-representación moderna evoluciona en el siglo XX como una confesión que desvela cosas íntimas del creador, su posición social, sus ideales y las relaciones entre el creador y lo creado. Los fotógrafos durante el siglo XX encontrarían que la cámara como medio de expresión era un fenómeno mucho más complejo que un nuevo tipo de “pincel”; se convertía en un fino bisturí capaz de incidir, como ninguna otra herramienta, en el interior del artista.

Una de las partes centrales y determinantes del autorretrato se concentra en la mirada; no solo se expone, sino que incluye el punto de vista o la pregunta de: ¿Quién es el narrador en la pieza?. El artista en este momento, es el único testigo omnisciente de lo que está ocurriendo en la escena. Entonces, la mirada, pasa a ser el primer elemento que funciona como intermediario, es decir, pasa a ser el mediador entre el objeto de arte y el espectador.

En la auto-representación, el creador no sólo se interroga sobre su identidad, sino también, sobre la esencia de su obra y sus límites de libertad para crear. Por medio de sus piezas, transforma la propia visión de sí mismo, del mundo exterior y de su propia creación.  El interés evoluciona hacia la preocupación más conceptual del acto y del proceso de creación. La obra, no importa en tanto que objeto, sino como acto. Las relaciones entre artista y “modelo” se modifican. El artista puede liberarse de su imaginación; porque ahora no tiene obligaciones artísticas, plásticas ni morales.

Es a partir de este momento que se puede hablar de auto-representación. La ficción está presente y se otorgan transgresiones con respecto a la realidad del sujeto. En esta etapa, el autor se apropia del tema para transfigurarlo y sobre todo, para liberarse de él. No hay reglas, el mundo, los temas y los “modelos” se someten a sus exigencias artísticas. Para Joëlle Moulin, el autorretrato en el siglo XX es la identificación suprema del artista con su arte, reflejo a la vez de sus aspiraciones personales y estéticas. El resultado de este profundo e ilimitado estudio es la representación trastornada del hombre. Además de reproducir la identidad del” modelo”, el artista ilustra su propia actitud ante el mundo exterior y el arte. La inserción del artista en la sociedad en la que crea toma importancia. Es decir, las relaciones con las otras formas de arte, con el público y con los media; conduce al artista a tener una mirada más social no sólo orientada hacia propia su obra.

La tercera dimensión del autorretrato moderno, consiste en la metamorfosis; o mejor dicho, el reflejo en el arte de la nueva visión en permanente evolución. Por metamorfosis se entiende el conjunto de transformaciones morfológicas que el artista experimenta en la figura humana, y en su propio rostro en el caso de la auto-representación. En muchas de estas producciones artísticas contemporáneas, el artista  crea cierta confusión entre el referente, el tema, el objeto de arte y el “modelo”.

Lista de artistas que utilizaron el autorretrato como evolución artística:

  • La Condesa de Castiglione jugueteó con el sub-género de la mascarada en el autorretrato, fue precursora de la fotografía como directora y orquestadora, más que como operadora de una cámara. La teatralidad de sus fotografías anticipa el performance postmoderno…
  • Claude Cahun, auto-exploración psicológica, pero que sobre todo indagó en su identidad a partir de sus ambivalentes preferencias sexuales. Su imagen andrógina plasmada en foto-montajes y autorretratos estaba complementada con su trabajo en el teatro.
  • Lee Friedlander, mezcla de fotógrafo de calle, documentador social y narcisista.
  • Cindy Sherman, “Ce portrait, c’est moi mais ce n’est pas tout à fait moi”. Encarna a los diferentes clichés femeninos estadounidenses. Piedra angular de la exploración fotográfica posmoderna de la identidad
  • Gillian Wearing análisis sobre hasta qué punto las máscaras muestran la verdad y la influencia de la familia en la conformación de la identidad.
  • “Nikki S. Lee,  cuestiona la identidad respecto de la pertenencia a un grupo y la conformación del ser a partir de los otros, en particular de la pareja.
  • Tomoko Sawada, observación acerca de la multiplicidad de la personalidad y las relaciones entre la individualidad y el uniforme o las instituciones.
  • Kimiko Yoshida, de-construcción de la personalidad mediante sus “rituales de desaparición” donde no solamente cuestiona la identidad, sino que comienza a explorar nuevas fronteras sobre nuestra relación con las máscaras y el ocultamiento-revelación de la persona.

Princesas/Annas 2010/2015

La intención de la colección “Princesas/Annas” es llegar a una re-flexión introspectiva sobre cómo la Belleza actual, adherida a unos cánones y percibida por la colectividad como fin, se erige como medio feroz capaz de llevar al sujeto hacia estadios escandalosamente autodestructivos que la sociedad todavía hoy no sabe gestionar.

Kharma Estrany permite que su obra permee con una categoría que sobrepasa el concepto de lo Bello: lo Sublime convertido en Siniestro. La artista osa traspasar el velo incondicional del orden para hacer resplandecer el des~orden subyacente. Sus esculturas absorben la atenta mirada del espectador que se delibera entre el dolor que emana de ellas y el placer que experimenta al pensarlas como objeto de valor estético. Este conflicto interior al que se expone está próximo a la incomodidad que uno siente cuando se encuentra ante algo que le resulta familiar pero que a la vez contiene una carga de elementos desconcertantes y que Freud llamó Unheimlich.

 Sin embargo, aquello que logra amalgamar toda la muestra bajo la misma línea discursiva es la constante presencia de restos de materia que han nutrido a la propia artista o a su círculo más cercano y que ahora configuran la estructura de un nuevo cuerpo morfológicamente irreductible. Estos restos son el motor entorno al cual se articulan los demás elementos que conforman las obras. Entre ellos, Objects trouvés, piezas metálicas que nos remiten a las nuevas tecnologías y material orgánico como la madera, los huesos, que nos permiten reflexionar sobre la naturaleza que dejó de ser. Todos estos elementos des~contextualizados y entrelazados sirven para dar vida a un nuevo objeto y parecen acarrear una carga intrínseca de pasado que los aproxima a un presente limítrofe oscilando entre la vida y la muerte.

Looking the aleph 2012/2014

La inspiración de estas piezas surge con el cuento paradigmático “El Aleph” /1945/ de Jorge Luis Borges, donde la obra visual intenta agitar el lenguaje de la fotografía y la literatura, confundiéndolo entre sí en los terrenos que incluyen narrativa, filosofía y su lado conceptual.

La obra literaria está narrada en 1ª persona identificando la voz del narrador con la del autor y el protagonista del cuento. Haciendo uso de esta habilidad, Borges se incluye en el texto, confrontando una representación ficticia de sí mismo y desconocida por el protagonista del cuento que sugiere la indefinición de los márgenes entre lo real y lo ficticio. De tal manera, las fotografías presentadas intentan cumplir este requisito: La autora fotografía su propio ojo observando el imaginario “Aleph”, en consecuencia es a la vez protagonista y narradora en la serie de imágenes presentadas.

Inscribiendo la definición del propio autor: Un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos. El lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!” /Lo mucho en poco/. Es así, que estas piezas, a través de la mirada del espectador, asumen dicha premisa, donde se contienen todos los puntos; es decir, el espectador recoge la mirada del ojo protagonista de la autora que ha sido configurada por el ojo fotográfico de la misma.

En la creación de este proyecto se pretende el instante, lo simultáneo, la sincronía de miradas y la creación de subjetivas narrativas en un mismo momento tanto por parte de la obra como por la del espectador, el cual, se convierte en protagonista al redefinir desde su propio punto de vista los infinitos relatos de estas miradas, ponderando así, la similitud con esta obra literaria y dejando que la imaginación y la realidad se enreden en cierta confusión.

Cito a continuación un extracto del momento en que se observa el Aleph para acercar más la intención de estos ojos que ven y aproximarla a la palabra de Borges: “En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo”. “Vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”

 
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